JOSÉ ALAR CUNT, CENSOR DE PERIODISTAS
Porculero vocacional, censor de periodistas, José Alar Cunt confundía Dick (nombre propio) con "a dick" (una polla). Y no tuvo empacho en eliminar la firma de un artículo de un periodista no sometido a sus bajezas, porque su cerebro, estiercol de niñato pijo con pretensiones, no le daba para más. Se escandalizaba ante nombres como las Pussy Riot (Coño perturbado), o la procesión del coño insumiso
Resumen de uno de los capítulos de "La culpa fue del Caviar", entrega de "Los casos de Tadeus Kunzt", en el que el periodista jubilado Esteban Zapata le explica los modos y maneras de los políticos mediocres, como José Alar Cunt, empeñados en censurar a la manera franquista cualquier texto que se les ponga por delante
Tenía en sus manos un capítulo de la biografía de EstebanZapata, periodista jubilado. Se titulaba “El inquisidor tonto, el chiquitín pelota
y La Chelito”. Narraba su experiencia con tres tipejos de un partido
político desnortado, supuestamente de izquierdas, empeñados en censurar a periodistas
de una publicación estatal, obligándoles a trabajar como si fueran empleados de
alguna empresa privada de su propiedad. Eduardo Navarro, de la “Agencia de
Investigación Tadeus Kunzt”, se interesó por José Alar Cunt, un necio con
pretensiones, experto de corrección política, censor de periodistas.
El apartado
dedicado a José Alar Cunt, destilaba la mala leche propia de un periodista
insobornable, condenado a ganar un sueldo menor que el de un fontanero o un
carnicero... por librepensador independiente. El tipejo Alar Cunt pertenecía al grupo de esos chicos trajeados de
azul, corbata a juego, gemelos de oro, pelo engominado, misa dominical. Provocaba exclamaciones
del tipo “Cuanto más conozco a los políticos, más quiero a mi perro”. El
muchachote tenía futuro político, traidorzuelo siempre dispuesto a realizar
cualquier trabajo sucio que le llenara la cartera: era un completo lameculos
menor, un diletante; un político de tercera categoría que, como otros gilipollas, estaba en
la política para tocar las pelotas a los trabajadores y amasar una fortuna…
José Alar
Cunt, un rasputín de tres al cuarto, ¿era de fiar? Si la
paga era la adecuada, este advenedizo blandito, olisqueador vocacional de entrepiernas,
infectado de codicia, era de desconfiar. Su currículum, lleno de mentiras
propias de un “creativo” de los que no valen ni para tomar por el culo, apestaba. Eduardo
leía y no se lo creía: educado en un colegio privado, de dogmáticas ideas
religiosas, de una poderosa secta, estudiante mediocre, sus adinerados padres –amasaron
una fortuna con los privilegios de la dictadura franquista–, enviaron
al joven José Alar Cunt a estudiar Derecho en una universidad elitista, privada,
de la zona norte, fundada en los oscuros tiempos anteriores a la Constitución
de 1978. Para engordar su síntesis profesional, cursó algunos estudios
estériles de Economía, o ciencias de la adivinación; e hizo un máster
del universo relacionado con las energías… con el tiempo, gracias a las llamadas de papá, le
ficharon como “asesor” político, experto en naderías. No tenía hueco en la
empresa privada, ni capacidad profesional para montar su propio bufete como
abogado.
¿El joven José Alar Cunt aprendió
a motivar como líder formado en un curso de liderazgo? No. ¿Aprendió a ganarse el
cariño y el afecto de todos como líder? No: le faltaba inteligencia emocional.
¿Tenía un buen trato humano? No: se lo impedía su naturaleza despótica ¿Conocía
los detalles familiares de las personas que trabajaban con él? No: le
importaban un carajo. ¿Se ganó el aprecio de algún equipo de trabajo en
prácticas como líder? No: le detestaban por incompetente. ¿Sabía liderar? No:
sólo sabía hacer la pelota a sus jefes, recurso de los limitados mentalmente
para sobrevivir. Un líder auténtico no necesita hacer un cursillo de liderazgo.
Alto y desgarbado, pelo castaño,
nariz grande, cara poco agradable, sonrisa forzada que no borraba su gesto
crispado, abundante pelo repeinado y tieso, trajeado en gris, consciente de su
vulgaridad y falta de lucidez, José Alar Cunt necesitaba medrar a cualquier
precio: nunca destacaría por talento o inteligencia, porque no tenía ni
inteligencia ni talento. Su estrategia le llevó a arrimarse a los cuadros intermedios
de políticos satisfechos con sus nutridos ingresos mensuales, para hacerse un
hueco entre los asesores “bien-pagados”, inútiles con vocación de bufones.
Encontró su lugar entre una figura política de tercer orden, súper pagada, “La Chelito”; y su fiel escudero, un
tipejo bajito, acomplejado, de mandíbula prominente, apodado “El Agustinín” o el “Chiquitín pelota”.
El consejo de papá, hombre
del régimen anterior, le llevó a realizar un máster en liderazgo en la afamada,
elitista universidad norteña; y otros estudios de relleno. Demostrarían el
poderío económico familiar, la aparente sólida formación académica de los hijos
de la gran burguesía, pensada como la inversión más rentable para acceder a los
mejores trabajos en el mercado laboral.
¿El joven José Alar Cunt aprendió
a motivar como líder formado en un curso de liderazgo? No. ¿Aprendió a ganarse el
cariño y el afecto de todos como líder? No: le faltaba inteligencia emocional.
¿Tenía un buen trato humano? No: se lo impedía su naturaleza despótica ¿Conocía
los detalles familiares de las personas que trabajaban con él? No: le
importaban un carajo. ¿Se ganó el aprecio de algún equipo de trabajo en
prácticas como líder? No: le detestaban por incompetente. ¿Sabía liderar? No:
sólo sabía hacer la pelota a sus jefes, recurso de los limitados mentalmente
para sobrevivir. Un líder auténtico no necesita hacer un cursillo de liderazgo.
El segundo personaje del trío,
el “Agustinín”, era personaje menor
transmutado, de la noche a la mañana por su adscripción política, sin dejar ser el
agrio, amargado, gris funcionario puesto
a dedo, dispuesto a perpetrar cualquier bellaquería. La política inundaba la billetera
de los tontos con habilidad para elegir bando. El gran mérito de “Agustinín”
fue optar por el bando más rentable.
Eduardo Navarro quiso conocer personalmente
a Esteban Zapata, periodista jubilado, hombre dispuesto a no dejar títere sin
cabeza, en un país de títeres con dientes de tiburón. Una llamada de teléfono, entrevista concertada
en un pub irlandés, próximo a la Puerta de Alcalá, celebrada con pintas de
Guinness.
–El problema
endémico que tenemos en este bendito o maldito país –sentenció Eduardo–, es que
hay mucho tonto, con mucho poder. Son un peligro para la convivencia.
–Coincidimos
en el diagnóstico, Eduardo. Un tonto con poder es peor que el peor de los hijos
de puta. Y estamos en manos de tontos, rematadamente tontos.
–¿Conociste
al mediometro ese que llaman “el Agustinín”?
–Sí. Es un
imbécil bajito, acomplejado, un pequeño Napoleón, caniche ladrador. Se crecen ante los que considera
sus inferiores y se encoje ante los que entiende sus superiores. Es el clásico
tonto español, orgulloso de ser tonto, consciente de su incompetencia. Se mueve
como un perrito faldero y amariconado. Reclama las caricias de sus
jefes.
–¿Qué me
puedes decir de “La Chelito”?
–Es una
estúpida repeinada, bruta e ignoranta como ella sola. Necesita a su lado a mediocres y
grandes tontos…
–Los
pelotas de toda la vida, ¿no? –Eduardo–.
–Eso es. Los pelotas que la
rodean le dirán que es una injusticia que no sea ministra y esas sandeces que
enardecen a los políticos. Hablo en general: hay políticos excepcionales,
aunque no están en partidos con poder… digo poder, aunque debería decir
partidos políticos al servicio de los poderes fácticos, los que de verdad
mandan.
–¿Estar cerca de ellos es
peligroso? –Eduardo–
–Los años
me han enseñado que, para sobrevivir, hay que adaptarse al medio. Si vas de
cara, te la parten de inmediato. Siempre hay gentuza de la peor calaña
dispuesta a las mayores indignidades por dinero. El “Agustinín” ese de mierda, como no lograba que los periodistas de “su revista” escribieran a su dictado, les puso
como director de la publicación a un funcionario.
–¿Un
funcionario como director de una revista? –Eduardo, extrañado–.
–En España todo es posible, porque
donde acaba la lógica, empieza el funcionariado. Y como ese
funcionario, licenciado en Periodismo, que antes trabajó en un medio
radiofónico, hizo causa con la Redacción, el "Agustinín", pequeña sabandija, le enfiló y se la guardó. Pero ese bajito
mamón se dedicaba a “comer” con periodistas de otras revistas, invitándoles en
buenos restaurantes. No pagaba de su bolsillo. Además, les daba publicidad para
garantizarse artículos favorables a su gestión. Es decir, compraba sutilmente
la voluntad de los propietarios, que forzaban a los periodistas a escribir
artículos patéticos a favor de ese tonto del culo si querían mantener el empleo.
Ese era el “Agustinín”, el caniche de
“la Chelito”.
–Cómo os las arreglabais para
publicar? –Eduardo–
–Para poder
publicar artículos y entrevistas con gente que merecía la pena, debías ocultar
algunos datos. En cuanto escribías que tal escritor o personaje estuvo ligado
al Partido Comunista, te rechazaban el artículo: los franquistas, guardianes
del orden establecido, siempre estaban al acecho. Nada de escribir sobre el franquismo, nada de molestar a los franquistas. Lo normal era ocultar ese
dato o cualquier otro que no les gustara. Siempre han querido banalizar la
historia del franquismo, su maldad. Dada la ignorancia del “Agustinín” y su camarilla de indocumentados con pretensiones, con
un poco de habilidad, publicabas buenos artículos.
–Nunca
pensé que podían suceder estas cosas…
–Y otras
más gordas. En una ocasión, un redactor de los patéticos, “Carlitos, el pequeño
Judas”, lameculos que llegó a creerse que era el redactor-jefe de la revista. Decidió
hacer todavía más la pelota al “Agustinín” publicando páginas y páginas con fotos
de su jefe. Aquel artículo provocaba vómitos. Cuando el “Agustinín” regresó de
un viaje y vio el descalzaperros hecho por ese lameculillos,
ordenó destruir toda la tirada de la revista y volverla a imprimir, cambiando
unas fotos. Yo conservo un ejemplar para la historia de esa revista, que logré
esconder. La broma de ese Judas costó más de seis mil euros. Quería demostrar su autoridad,
ante ese mierda: demostró lo tonto y lo soberbio que era. Es el inconveniente
de tener un jefe tonto de baba que pensó que el resto de la Redacción era como
aquel mierda.
–¿El “Agustinín” es un tío acomplejado? –Eduardo–.
–Posiblemente. Muchos bajitos
tienen mucha mala folla. El “Agustinín” es un tipo verticalmente corto, o
reducido…como Franco. Ese tonto-pollas es un enano con un mentón
desproporcionado, caballuno. No tiene ni media hostia. Pero hoy no se puede
decir de alguien que es un enano trajeado, porque es ofenderle. Lo mismo pasa
si dices de alguien que es tuerto. Lo correcto es decir que es una persona de
visión reducida…
–¿Volvemos
a “la Chelito”?
–Relamida,
repeinada, rubia de bote, oxígeno puro en el pelo recortado, alisado hasta
conformar una tupida peluca natural, a la manera de aquellos peinados infames,
vintage, de los años 60, siglo XX, cuando la moral nacional-católica infectaba
hasta el último rincón, del último pueblo de la provincia más deshabitada.
–¿Una tipa
desagradable? –Eduardo, perplejo–.
Cuerpo menudo, caminaba en
difícil equilibrio como una estrella de rock, sin fans, desde la puerta de su
casa al coche oficial; y desde el coche oficial a su despacho, donde ocupaba un
gran sillón, pequeño en un desproporcionado espacio, acorde con su posición
política. No se mezclaba con los trabajadores, ni atendía sus peticiones,
personificando el ordeno y mando: nada de llevarle la contraria, o contradecir
sus órdenes. Despótica hasta el ridículo, creía que todos debían estar su
servicio.
–Menuda
pájara –dijo Esteban Zapata–. Debe sufrir algún tipo de desorden mental. Está
convencida de que es la reina de los mares, aunque es una mediocre integral. Es
de ese tipo de políticos que no se conforma con una dirección general. Ella
cree estar en un nivel superior, con un sueldo superior, exagerado. Pero no
vale mi para tomar por el culo.
–En ese
partido político ¿no tienen gente con entidad? –Eduardo, asombrado–.
–Si revisa el tiempo y el trabajo
que hizo, cuando la pusieron a dedo donde la pusieron, comprobarás que pasó sin
pena ni gloria, aunque se marchó con la cartera llena. Siempre que su partido
la coloca, hace lo mismo: hacer que trabaja y forrarse.
–Pero si apenas
sale en los medios de información…
–Sabe que
si se mueve, no sale en la foto. Es una forma de decir que es una consumada
maestra en obedecer a sus superiores, mostrarse discreta y trabajar su imagen.
Salir poco en los medios y salir bien. Esa es la clave de su éxito. Pero es una
política vulgar, mediocre, sin talento. Domina el arte de la manipulación y
tiene a dos mamarrachos haciéndole ese sucio trabajo de imagen: el José Alar
Cunt y el chiquitín de mala folla.
–Esa tipa,
¿ha trabajado alguna vez en el sector privado?
–Si te digo
la verdad, no lo sé. Pero, ¿quién le va a pagar más y mejor que su partido? En
la empresa privada jamás lograría grandes
ingresos por su trabajo. Para el dinero “la
Chelito” no es tonta, no. Aunque hay que tener cuidado con ella: es de
negras entrañas.
–¿Y el
amigo Alar Cunt?
–Es de la
misma escuela del “Agustinín”, un gilipollas, un abogadito mediocre, simple y
bastante estúpido, con alma de inquisidor. La censura sigue viva en España, no
murió con el franquismo. Si ese individuo es el reflejo de alguna institución
del Estado, que se agarren los ciudadanos ante el susto o muerte que les
provocará.
–¿Ese
individuo censuraba información?
–Sí, por
supuesto. Si se hace en la televisión pública, se hace en otras publicaciones. Hay
pocos periodistas de verdad a los que se les permita escribir con entera
libertad, en defensa de la sociedad; cuidándose mucho de molestar a sus amos.
–¿Algo
concreto de José Alar Cunt?
–En una ocasión, ese indeseable, militante
de un partido político supuestamente de izquierdas, se atrevió a quitar la
firma de un periodista que no se sometió a sus caprichos en un artículo, porque
no le gustaba el nombre. Vamos, que ese siniestro inquisidor de mierda le
hubiera cambiado el nombre a Moby Dick, la gran ballena blanca; o al mismo Dick
Cheney, vicepresidente de los Estado Unidos de Norteamérica, porque Dick,
nombre propio en Estados Unidos y países de habla inglesa, aunque para los ignorantes suena a polla… fonéticamente hay bastante diferencia.
–No me lo
puedo creer…vamos, que es la polla.
–Lo que te
digo es cierto, Eduardo. Ese mameluco embrutecido, fanático como un inquisidor,
no hubiera permitido el nombre del grupo musical las “Pussy Riot”. Traducido sería “Coño perturbado”, “Coño
loco” o algo por el estilo. En fin, este tipo de gilipollas infectan los
partidos políticos, infectan cualquier entidad, mientras llenan sus carteras
con descaro.
–Esos
comportamientos, ¿tienen alguna explicación? –Eduardo, tratando de comprender
una conducta tan miserable–.
–Ya sabes
que estos cabestros, educados en colegios religiosos subvencionados, son
mayoritariamente unos reprimidos sexuales patológicos, más salidos que el rabo
de un cacerolo… en cuanto ven una teta o huelen unas bragas, enloquecen. Y les
sale el inquisidor que llevan dentro.
–Este
individuo, ¿sabes si tiene algún funcionario que le asesore?
–Creo que
sí. Se ha dejado guiar por el hijo de un franquista, un militar de oscuro
pasado criminal. Tarde o temprano descubrirá que es un manipulador, que le
maneja a su antojo. Los niños de papá no son listos que se diga.
–Toda esta
gentuza, sin escrúpulo subvierte los nobles principios de la política –Esteban
Zapata, desde su experiencia–. Dicen que están para servir a los ciudadanos,
aunque la realidad deja claro que únicamente quieren forrarse.
Eduardo
llegó a la conclusión de que José Alar Cunt era el prototipo del político indeseable,
trepa vocacional, siniestro inquisidor achulado, maula con cara de tonto,
rematadamente tonto, dispuesto a machacar a los que creía sus inferiores;
siempre a las órdenes de sus superiores jerárquicos que le marcaron el
recorrido, el camino de la sumisión y el sometimiento bien recompensado.
Eduardo
Navarro, de la Agencia de Investigación Tadeus Kunzt, y Esteban Zapata,
periodista jubilado, se despidieron con un abrazo.
Pablo Torres
NOTA.- El texto es una ficción, basada en hechos reales, resumen de un capítulo de la novela "La culpa fue del caviar", de Pablo Torres, de próxima publicación, cuando el covid-19 permita ir a las buenas librerías.