jueves, 14 de septiembre de 2023

VIAJES: CAMINOS, LUGARES, ACENTOS (3)

 

BERA DE BIDASOA, PUEBLO DE FRONTERA

Julio del 2023

Villa y municipio de Navarra, en la Merindad de Pamplona, comarca de Cinco Villas, Bera o Vera de Bidasoa tiene una población de 3.763 habitantes. Al tener la “be” y la “uve” el mismo sonido, hay documentos en los que el nombre del pueblo está escrito con “be” y con “uve”. El origen de la toponimia del nombre puede ser vasco o castellano… que cada cual lo escriba como quiera.

             El término municipal está cruzado por algunos tramos de la carretera nacional N121A (Pamplona-Irún) y por dos carreteras locales que llegan a Francia por el collado de Ibardín (315 metros) y el collado de Lizuniaga (315 metros). Dentro del municipio están, además de la villa de Bera, los siguientes barrios: Caule, Cía, Dornaku, Elzaurdía, Garaitarres, Suspela Este, Suspela Sur y Zalaín. En algunos catálogos incluyen caseríos: Aguirre, Endarlaza, Ibardín, Alzate…el relieve del término está definido por los Pirineos navarros orientales, aunque el límite occidental lo determina el río Bidasoa. La altitud oscila entre los 882 metros al norte, en el límite con Francia; y los 20 metros, en las orillas del río Bidasoa. La villa está a 36 metros sobre el nivel del mar.

UN POCO DE HISTORIA POLÍTICA.- por su situación geográfica fronteriza, Bera de Bidasoa ha vivido importantes conflictos bélicos:

Guerra de la Convención (1793-1795). En un primer momento, Bera fue ocupada por tropas españolas. Desde finales de julio de 1794, tropas francesas se ocuparon el pueblo, hasta el final del conflicto en 1795.

Guerra napoleónica. Entre 1813 y 1814 tropas aliadas al mando del duque de Wellington se instalaron en Cinco Villas de Navarra, Urdazubi y Doneztebe, persiguiendo a las tropas del mariscal Soult.

            El 20 de octubre de 1830, el general Espoz y Mina cruzó la frontera por Bera con la intención de proclamar la constitución liberal frente al absolutismo de Fernando VII

            El 4 de abril de 1838, dentro de la primera Guerra Carlista, los liberales quemaron la iglesia de Bera.

            En 1872 Carlos de Borbón entró por Bera para proclamar la guerra contra Amadeo de Saboya. Durante la segunda Guerra Carlista, el cura Santa Cruz organizó algunas escaramuzas en Bera.

            En 1924, durante la dictadura del general Primo de Rivera, un grupo de anarquistas españoles exiliados en Francia, entró en Bera, esperando que se levantara el pueblo para acabar con la dictadura. La intentona falló: las policías francesa y española estaban al tanto de los propósitos de los revolucionarios.

            Entre 1936 y 1939 hubo cuatro salidas de población hacia Francia, escapando del terror franquista. Los rebeldes no se detenían ante nada.

            A finales de agosto de 1936, entre quince mil y veinte mil republicanos pasaron a Francia, tras la caída de Guipúzcoa en manos de los sublevados franquistas. Finalizada la guerra civil, el paso fronterizo de Irún-Hendaya y otros cercanos, siguieron funcionando. La segunda Guerra Mundial provocó la creación de redes para poner a salvo a los judíos, a miembros de la Resistencia francesa, pilotos aliados derribados que huían de la Francia ocupada por los nazis...

    Una de las rutas más utilizadas por la “Red Cometa”, partía de la granja Bidegain-Berri, en Urugne. Finalizado el conflicto bélico, a partir de las décadas de los 50 y los 60, siguieron las migraciones económicas a Europa. Los españoles cruzaron las fronteras por millones, añadiéndose los portugueses: aportaron otro millón y medio de emigrantes, huyendo de la explotación de la dictadura del general Salazar y para evitar ser enviados a las guerras coloniales de Angola y Mozambique.

En la periferia de Bera de Bidasoa, cerca de la carretera de Irún-Pamplona, hay un memorial dedicado a las víctimas del franquismo... 

EL PUEBLO.- El conjunto histórico de Bera se fundamenta en el caserío Vasco: sólidos edificios de planta rectangular, dos alturas, gruesos muros hechos con grandes piedras y mortero, tejado a dos aguas. Las ventanas tienen buen tamaño para permitir la ventilación y dejar pasar la luz. En la planta baja estaban los animales y carros, más los aperos de labranza. La primera planta se dedicaba a vivienda.

En Bera de Bidasoa está la casona de Pío Baroja, o casona de los Baroja. Se localiza junto a la carretera NA-1310. En junio de 1912, el escritor Pío Baroja decidió adquirir la casona Itzea para “refugio” familiar. El propio Baroja lo escribió en “Guía sentimental de Itzea”: “Cansado de vivir siempre en Madrid (...) creía sería mejor comprar un caserón viejo y arreglarlo durante ocho o diez años. Consultábamos anuncios en los periódicos de San Sebastián, y al fin dimos con uno en El Pueblo Vasco de esa ciudad, que hablaba de un caserón de Vera, bueno para fábrica o convento, que estaba al lado de un riachuelo, y que lo daban barato. Fui a Vera a verlo; aquello era una verdadera ruina. A pesar de eso lo adquirí y con el tiempo hemos conseguido arreglarlo bastante”.


 Julio Caro Baroja, sobrino de Pío Baroja, uno de los más importantes etnólogos y antropólogos de España, escribió sobre Itzea: “Itzea, la casa de Vera, es el sitio donde yo estoy siempre más a gusto. Si no fuera porque el clima húmedo y relativamente frío del invierno vasco me produce trastornos en la salud me iría a vivir allí para todo lo que me quede de vida. Itzea está cargada de recuerdos, malos los unos, buenos los otros. Pero así como mi visión de Madrid es amarga, la de Vera es plácida. El recuerdo triste de Madrid no lo ha paliado el tiempo. El de Vera, sí".

No pudimos ver la casona de los Baroja: la casa estaba cerrada por obras. No encontramos cartel alguno que indicara la fecha de terminación de las mejoras del casón. Pío Baroja debe ser un personaje poco importante para los responsables del pueblo.

EL PUENTE DE SAN MIGUEL.- En Bera, el puente de san Miguel comunica la villa con el barrio de Alkaiaga, de Lesaka. El 1 de septiembre de 1813, el puente de san Miguel, sobre el río Bidasoa, fue el escenario de un duro enfrentamiento bélico entre tropas napoleónicas, antes derrotadas en la Batalla de Vitoria (Álava) y un combinado de tropas españolas e inglesas. En el memorial que recuerda la batalla, se puede leer: “En la memoria del capitán Daniel Cadoux y de sus valerosos cazadores del Regimiento inglés 95 (Rifle Brigade) que murieron defendiendo este puente el 1 de septiembre de 1813, peleando por la independencia de España en unión de sus heroicos compañeros españoles”.

                                                        Puente de San Miguel, escenario de un combate bélico.

AINHOA, UN POCO MÁS ALLÁ DE SARA.- Desde Bera de Bidasoa hacemos unas escapada hasta Ainhoa, pequeño pueblo vascofrancés de 669 habitantes (censo del 2012), un poco más allá de Sara. Es una comuna francesa ubicada en los Pirineos Atlánticos, en la región de Nueva Aquitania, en el territorio vascofrancés de Labort (Lapurdi, en euskera). El pueblo está en la ribera del río Nivelle: limita al norte con la comuna de Souraïde, al oeste con Saint-Pée-sur-Nivelle y al este con Espelette e Itxassou. Ainhoa, rebautizada durante la revolución burguesa como Mendiarte, tiene un buen patrimonio religioso resultado de su posición en el Camino francés de Santiago, en la vía de Baztán.

                                                                                    Ainhoa, un pueblo vasco-francés.

 El pueblo es una monería: presumen de “Vasconía”. Juegan a la pelota vasca con palas de madera, en un frontón instalado junto a la iglesia. En un costado de la iglesia, el cementerio. Es raro que los campos santos se permitan dentro del casco urbano. La calle principal es el eje de la ciudad, donde se concentran bares, restaurantes y locales comerciales, en su mayoría de souvenirs. El pueblo destaca por su limpieza y cuidado.

 

Texto y fotografías: Pablo Torres
Capítulo del libro de viajes "Caminos, lugares, acentos".
Páginas 111 a 116 que se editará a finales del 2023 o inicios del 2024.

 

 

sábado, 2 de septiembre de 2023

VIAJES: CAMINOS, LUGARES, ACENTOS (2)

 

 

 

 

El acceso a la cueva, desde uno de los costados de la formación rocosa

ZUGARRAMURDI, DELIRIO CON BRUJAS

Martes, 4 de julio 2023

 Nos levantamos a las ocho y media de la mañana. Durante la noche llovió, sin estridencias. Al abrir las ventanas, nos llegó el olor húmedo que desprenden arbustos y árboles. Junto al caserío, una gran higuera, un nogal, robles… los olores de la montaña son algo desconocido para los pobladores de las grandes ciudades, acostumbrados a respirar todos los días el aire contaminado por los malos humos de los vehículos y otras industrias contaminaciones.

Viendo la orografía de Sara, los verdes acuosos, pienso en la orografía de toda la cornisa cantábrica y en los pueblos que la habitaron, pueblos prerromanos: desarrollaron un mismo arte, vivieron en cuevas, sobrevivieron con las mismas técnicas de caza y pesca... Los vascos parecen ser los descendientes de aquellos pobladores, antiguos iberos que se extendieron por encima de la frontera del río Ebro e incluso bajaron a las montañas ibéricas. Creo que una parte de Euskadi es el último reducto de los pueblos iberos anteriores Roma y su imperio.

ZUGARRAMURDI. Nos trasladamos hasta Zugarramurdi, desde Sara. El caserío de Sara pertenece a Francia, aunque forma parte del País Vasco. Entre Sara y Zugarramurdi hay unos pocos kilómetros por una carretera local. Las cuevas son impresionantes.

            En la comarca de Baztán, a 83 kilómetros de Pamplona, se localiza Zugarramurdi, pueblo de inmediato asociado a la brujería por unos procesos inquisitoriales contra unas mujeres acusadas de brujas en el siglo XVII. El municipio se forma con cinco lugares habitados: Azcar, Echartea, Madaria, Olazur y Zugarramurdi. Unos pocos kilómetros separan Sara de Zugarramurdi. La evolución poblacional de Zugarramurdi es negativa: tienen 232 vecinos (censo del 2017).

Uno de los caseríos típicamente vascos

             En origen, Zugarramurdi fue un poblado de caseríos abandonados, rodeando el monasterio de san Salvador. Fue declarada villa en el año del 1667. La historia de Zugarramurdi está marcada por un proceso de la Inquisición, del año 1610: acusaron de brujería a cuarenta vecinos, la mayoría mujeres, condenando a doce de ellos a morir en la hoguera. Las sentencias se basaron en testimonios cuajados de supersticiones y envidias. Los testimonios nunca fueron fiables: condenaron a inocentes sin pruebas.

            El gran atractivo de Zugarramurdi son sus cuevas, o la Cueva de los Aquelarres, también Cueva de las Brujas. El arroyo Olabidea, o “Arroyo del infierno” atraviesa una masa de roca caliza, en la que excavó una serie de cuevas a distinto nivel. La cueva de mayor tamaño forma un túnel de 100 metros de largo por 20 metros de ancho y 30 de alto. Afirman que, en estas cuevas, se hacían reuniones de brujas o aquelarres. La brujería es un fenómeno de los siglos XVI y XVII. No hubo brujas ni embrujados hasta que no se comenzó a hablar y escribir sobre la brujería. Entre los lugares donde se abrió paso el temor a supuestos poderes sobrenaturales, están los pueblos dl territorio fronterizo del antiguo reino de Navarra.

En origen, Zugarramurdi fue un poblado de caseríos abandonados,rodeando el monasterio de san Salvador. Fue declarada villaen el año del 1667. La historia de Zugarramurdi está marcada por un proceso de la Inquisición, del año 1610: acusaron de brujeríaa cuarenta vecinos, la mayoría mujeres, condenando a doce de ellos a morir en la hoguera. Las sentencias se basaron en testimonios cuajados de supersticiones y envidias. Los testimonios nunca fueron fiables: condenaron a inocentes sin pruebas.

           Supersticiones, tradiciones ancestrales, rigor religioso, fanatismo, conflictos políticos… se unieron en ese tiempo oscuro para acusar de brujería cualquier aprensión y prejuicio en una sociedad cristiana, sin espacio para la disidencia religiosa: el demonio y la supuesta posesión demoniaca siempre fue la gran excusa de la jerarquía católica para someter a una población analfabeta, sometida al dogma. Dudar del dogma podía llevar a la hoguera. En concreto se les acusó de celebrar misas negras, provocar tempestades en el Cantábrico, causar males a los animales y campos, practicar el vampirismo y la necrofagia…

            La historia de la brujería es la historia de su persecución. La autosugestión y la psicosis colectiva fabricaron disparates que llevaron a un buen número de inocentes a la hoguera. Las brujas nunca existieron: quizá fueran mujeres con ciertos conocimientos de botánica, capaces de identificar hierbas curativas para animales y personas. Esa capacidad de curación de enfermedades quisieron asociarlo al demonio, en forma de macho cabrío, fabricando estupideces. Entre tontos y maliciosos pusieron en funcionamiento la Inquisición, órgano cristiano de máxima represión, siempre vigilante de la ortodoxia.

            Para mantener el interés turístico, actualmente celebran el solsticio de verano con una fiesta de culto al fuego; y en las fiestas de agosto, con una “bacanal” gastronómica de carneros asados o “zikiro-jate”. En suma, poca brujería, mucha tontería. Por supuesto, todas las afirmaciones sobre la brujería en estas cuevas son fantasías y fabulaciones.

Una maravillosa formación geológica.     

    El antiguo hospital de la población se ha reconvertido en “Museo de las brujas”. El día que visitamos las cuevas, el museo estaba cerrado, hecho que debe considerarse como netamente español.

            En la actualidad, Zugarramurdi se define por un conjunto de caseríos, en unas pocas calles. Entre su patrimonio monumental religioso está la iglesia de la Asunción, del siglo XVIII, parcialmente destruida por las tropas napoleónicas en 1793. El templo se reconstruyó durante el siglo XIX. También se puede ver la ermita de la Señora del Rosario. No hay mucho más donde elegir.

            LAS CUEVAS DE ZUGARRAMURDI.- Las cuevas de Zugarramurdi son una pequeña maravilla de la naturaleza. Sobresalen por su carácter superficial, a unos quinientos metros del casco urbano del pueblo, en el antiguo camino Zugarramurdi-Sara. El poco caudaloso río Olabidea, o “Arroyo del Infierno”, de aguas cristalinas, ha erosionado lentamente la piedra, recorriendo la cueva principal, buscando su salida.

            Cuando se entra en la zona de la cueva, se puede ir directamente a la oquedad o realizar un circuito externo contemplando la naturaleza circundante. Si se elige  “el circuito”, hay que superar todo un conjunto de desniveles, siguiendo un camino señalizado. En ese camino, hay que subir y bajas más de quinientos escalones. Realizarlo, supone una pequeña hazaña mañanera.

            Vivimos tiempos de raras costumbres, extendidas allá donde viajes. En las cuevas de Zugarramurdi vimos que la gente amontonaba piedras, de distintos tamaños, en un equilibrio constante. Aseguran que hacer eso, conlleva atraer a la buena suerte: es volver a las supersticiones, a las creencias irracionales implantadas en la sociedad, ahora con un aire de exquisitez moderna. Nos apuntamos a ese movimiento absurdo, con Silvia: dejamos un montoncito de piedras, unas sobre otras, en ese difícil equilibrio que se supone atrae a la buena suerte.

Para mantener el interés turístico, actualmente celebran el solsticio de verano con una fiesta de culto al fuego; y en las fiestas de agosto, con una “bacanal” gastronómica de carneros asados o “zikiro-jate”. En suma, poca brujería, mucha tontería. Por supuesto, todas las afirmaciones sobre la brujería en estas cuevas son fantasías y fabulaciones. El antiguo hospital de la población se ha reconvertido en “Museo de las brujas”.

             UN HORNO DE CAL.- Dentro de la cueva se conserva un horno de cal, construido en el siglo XVIII, un tiempo de necesidades y hambre. Los agricultores descubrieron que la cal viva mejoraba la cosecha de sus campos. El horno era un cilindro hueco, con bóveda y entrada superior para la carga de la piedra caliza. Disponía de otra entrada inferior para la leña, de todo tipo de árboles y arbustos. Y una tercera entrada para el tiro y la ceniza. Podían tener un pequeño tejadillo (legorra) en la entrada.

El interior de las cuevas despierta la fantasía 

     Se construían próximos a roquedos calizos, donde abundaba la materia prima y en zonas de pendiente para tener buen acceso a las bocas superior e inferior. El proceso se iniciaba con la cocción de  la cal a baja temperatura, aumentándola hasta alcanzar los mil grados. En ese momento, la piedra caliza se convierte en cal viva. Se dejaba enfriar durante dos días y se extraían para repartirla entre los vecinos.

EL CONTRABANDO.- La división del País Vasco en dos espacios, uno para España y otro para Francia, originó el contrabando en épocas concretas. España, tras la guerra civil, necesitaba de toda suerte de productos. Los particulares recurrían al contrabando para subsistir. El contrabando se hacía normalmente de noche, en sentido norte o sentido sur. El contrabandista y su burro o mula, se movían de un lado a otro con azúcar, café, chocolate, vino, tabaco, telas…también mercancías más complejas: maquinaria, herramientas, ovejas, caballos, vacas… incluso se pasaban personas que querían huir de España por motivos políticos.

Para desarrollar bien el trabajo, existían acuerdos tácitos entre “carabineros” y “douaniers” y contrabandistas. Caso de encontrarse en el monte, los contrabandistas abandonaban sus alijos a cambio de que los guardias de frontera no dispararan y les decomisaran las mercancías.

La orografía del terreno y su vegetación siempre han sido los idóneos para el tránsito ilegal de mercancías y personas. La frontera es amplia, con regatas y sendas, con grutas y cuevas donde esconder sus productos. La propia senda que une las cuevas de Zugarramurdi, Sara y Urdazubi evoca los caminos que hubo del contrabando.

 

Texto y fotos: Pablo Torres (capítulo del libro de viajes "Caminos, lugares, acentos", 

páginas 105 a 110, que se editará a finales del año 2023 o inicios del 2024).

 

miércoles, 2 de agosto de 2023

VIAJES: CAMINOS, LUGARES, ACENTOS (1)

 

 DONOSTIA/SAN SEBASTIÁN-SARA

Salíamos de Madrid a las ocho menos diez de la mañana, hacia Donostia (San Sebastián), para luego trasladarnos a un caserío del pequeño pueblo de Sara, en el País Vasco francés, fronterizo con Navarra. Salir desde el sur de Madrid, para dirigirse hacia Burgos, nos llevó más de media hora por la M40. El tráfico no fue precisamente fluido.

Hicimos una parada en Quintanapalla (Burgos), para un pequeño descanso. Luego subimos hacia Vitoria, en Álava. Antes pasamos por el Desfiladero de Pancorbo, en los montes Obarenses de Burgos. Los montes Obarenses, impactantes a la vista, se levantan como muralla natural entre el valle alto del río Ebro y la Bureba, pórtico de la meseta castellana desde el norte peninsular. El río Oroncillo, no demasiado caudaloso, atraviesa el inmenso muro en su camino hacia el Ebro, por un angosto desfiladero: es el paso geográfico, un estrecho pasillo, entre estas dos grandes unidades geográficas, usado desde antaño por todos aquellos que necesitaron cruzar, en sus migraciones, el muro entre territorios.

Siempre me llamó la atención la belleza del desfiladero de Pancorbo. Actualmente no se cruza el pueblo por su mitad urbana. Una pequeña circunvalación evita entrar en la pequeña población.

A la una de la tarde estábamos en Donostia. Aparcar nos llevó su tiempo. Coincidió que ese día pasaba por allí el Tour de Francia: toda la ciudad estaba patas arriba. Siguiendo hacia un costado de la ciudad, más allá del aparcamiento del Kursal, vimos que el parking de Txofre tenía plazas libres. Allí metimos el coche: cerca estaba la playa, con su olor marino. No estaba lejos el Kursal, aunque toda la ciudad estaba petada con vallas que impedían el paso de vehículos.

El "Pintxoteo", típico en la parte antigua de la ciudad

Caminamos junto a la playa de Zurriola, por el paseo, hacia el Kursal y la ciudad vieja: transitar por esa zona es acceder a todo un catálogo del maravilloso faunario humano: bañistas en la playa, disfrutando del sol; una mujer de avanzada edad, leyendo alguna novela, en uno de los bancos del paseo; activistas instalando una pancarta en euskera, sin lograr saber contra qué protestaban al estar escrita en euskera; seguidores del Tour, reservando sitio para ver pasar la riada ciclista; una mujer con su hija, comiendo un helado, esperando a los ciclistas horas antes de su paso; tranquilos peatones, en los dos lados del puente sobre el río Urumea; gente cruzando un paso cebra, más turistas sentados en bancos, aprovechando la sombra de los árboles; una furgoneta del Tour, vendiendo camisetas y gorros a precios abusivos

Cruzamos el puente sobre el río Urumea. Mientras esperábamos la llegada de Javier, Ana y Silvia, nos dimos un pequeño paseo por las estrechas calles del casco histórico, construido tras las guerras napoleónicas. Buscamos una taberna, en las que estuvimos en anteriores viajes, en la calle Íñigo: la estaban preparando para su próxima apertura. recordábamos este local por las extraordinarios chipiones a la plancha, con patatas fritas. Tuvimos que buscar otra taberna.

Encontramos un local casi al final de la calle Fermín Calbete. Se imponía comer de pinchos o pintxos. El “pinchoteo” es actualmente una forma de socializar en las tabernas, sin olvidarnos de los precios: tres y cuatro euros, cada pincho. ¡Una barbaridad! Tres pinchos y una cerveza se van a 12 euros. Y no has comido. Los taberneros siguen en sus trece: desfondar a los turistas, acabar con la gallina de los huevos de oro por pura avaricia.

Seguimos caminando hacia el Ayuntamiento, o antiguo casino. El faunario humano es sorprendente. Afortunadamente cada cual viste como quiere: desde vaqueros y zapatillas deportivas, a minishorts blancos o de colores con cualquier tipo de calzado. Los hombres daban la sensación de ser más recatados.

 El Tour revolucionó y atascó la ciudad

Desde uno de los viales se podía ver parte de la fachada de la iglesia de Santa María del Coro, con una escultura de san Sebastián. La angostura de las calles impide ver el conjunto barroco. Pero lo que no puede ser, no puede ser y es imposible. Pese a todo, el faunario permite obtener buenas fotografías, como la tres mujeres y un hombre caminando hacia el puerto. En esa misma calle, Silvia vio una pequeño hombrecillo construido con papel maché. Vestía una camiseta con los colores del club de fútbol de la Real Sociedad: quiso hacerse un par de fotos con el muñeco de cartón piedra, más o menos de su misma estatura.

Avanzamos en nuestra caminata por la ciudad antigua. Pegado a la heladería Etxeco Izokiak, hay un edificio religioso. No logramos identificarlo, entre otras cosas, porque nos fuimos en dirección hacia la playa de la Concha, un espacio maravilloso en el que se concentran miles de personas para disfrutar de buenos baños en aguas cantábricas. Es un lugar de ensueño, ideal para unas vacaciones de sol y playa.

Los jóvenes se acomodan a cualquier situación, en cualquier circunstancia. Una muchacha miraba y remiraba su móvil, ajena a todo cuanto pudiera pasar a su alrededor. En la plaza del Ayuntamiento, carteles anunciando “JaZZaldía”, para los días 21 al 25 de julio. No todo puede ser sol, playa y pinchos.

Cualquier sitio es bueno para engancharse al móvil.

 Nos situamos en una de las aceras, para ver pasar a los ciclistas del Tour. Javier se puso en los hombros a Silvia, para que viera mejor el paso. Y el paso, de poca duración, se convirtió en una diversión generalizada: miles y miles de teléfonos móviles tomaban imágenes del paso de los ciclistas y todo su acompañamiento de motos y coches.

Después Silvia vio un tiovivo, con sus caballitos. Y allí nos llevó: se subió a uno de los caballos de madera, dando la sensación de montar al mismo Babieca, a la manera de el Cid. Bendita infancia, feliz con cualquier atracción.

El faunario humano siguió ofreciendo imágenes de un tiempo, en una ciudad única: dos mujeres charlaban en un banco de madera, pintado de blanco. Tampoco faltaba un grupo de ingleses, con sus delantales y gorros de ¿chefs”. Quizá pertenecieran a alguna sociedad gastronómica: parecían dispuestos a comerse los pintxos a dos manos. Los ingleses son temibles, especialmente los hooligans futboleros cuando la cerveza por cubos despierta su lado más inhumano.

De regreso hacia el parking pasamos por la puerta de la iglesia de Santa María de Coro. Un sorprendente cartel anunciaba una sorprendente exposición: “Rituales y misticismo religioso en los Andes peruanos”. En ese cartel se podía ver la fotografía de alguien vestido de forma “rara”. Nos pareció que ese “alguien” estaba dentro de algún Carnaval, dado el colorido de su ropaje. ¡Tremendo!

En la facha del edificio, en la parte derecha, según se miraba, otras rara obra de arte actual. De significado desconocido, con formas anómalas. Por muchas vueltas que se le quisiera dar, aquello parecía más un adefesio que cualquier otra cosa. Quizá en el futuro esa cosa pueda ser vista como una obra de Arte.

LA IGLESIA DE SAN VICENTE.- El templo dedicado a san Vicente, es el edificio más antiguo, de estilo gótico, en la parte antigua de la ciudad de Donostia. De planta rectangular, con tres naves de crucero, se empezó a edificar en el 1507. En el exterior de sus muros hay sentencias. Una de ellas avisa: “En quien juran y en su casa no faltará mal ni llaga”. En otro de los muros, hay una “Piedad” del escultor Oteiza.


             En nuestra ruta de regreso al parking, vemos carteles sorprendentes, como el de un vampiro de los Años 20, del siglo XX; o un precioso puzzle, con la imagen de una muchacha quizá oriental. Por supuesto, los servicios de limpieza trabajan por toda la ciudad, a cualquier hora del día. Es importante mantener la ciudad limpia. Y en las calles, más imágenes del faunario humano paseando las calles peatonales.

            Casi a la altura del Kursal, el río Urumea con la marea alta. Cuando nos acercamos al parking, ciclistas en los viales por los que había pasado el Tour, la gran carrera del ciclismo mundial. Minutos, a 17:40 horas, después llegábamos a los coches, para seguir nuestro camino hasta el pueblo de Sara, en el País Vasco francés.

Al fondo, el Kursal, uno de los emblemas de Donostia

En los coches, puesto el GPS, marchamos hacia la frontera. Antes debemos llegarnos hasta Irún. Y pasado Irún, más adelante hay que desviarse hacia Pamplona, la capital de Navarra. Al llegar al pueblo de Bera de Bidasoa, lo cruzamos para seguir en dirección a Sara. Entre ambas poblaciones no habrá ni diez kilómetros. Y se sabe que se está en Francia, cuando un cartel nos avisa que estamos en los Pirineos Occidentales. No hay la menor diferencia entre la zona vasco-española o vasco-francesa.

En la zona vasco-franco-navarra, Sara, rodeada de montañas pirenaicas.
 
SARA (País Vascofrancés).- A las siete y cuarto llegamos al caserío Anarpea, en las afueras de Sara, o Sare. Son franceses, son vascos: hablan francés y euskera. Es su tierra. El asunto de la independencia de los vascos es complejo, más en un país como España, o incluso Francia, donde los fanatismos engendran violencia e irracionalidad.

            Sara, escrito y expresado Sara en euskera y castellano fronterizo, es una localidad y “comuna francesa” de los Pirineos Atlánticos, en la región de Nueva Aquitania, cercana al golfo de Vizcaya, en el mar Cantábrico. San Juan de Luz está a 14 kilómetros. Pertenece al territorio histórico de Labort.

            En Sara, a la salida del pueblo, están las cuevas de Sara, o Sare, descubiertas por el sacerdote y etnógrafo José Miguel Barandiarán, exiliado en esa población desde 1941: el franquismo no permitía ciertas opiniones sobre la identidad diferenciada del pueblo vasco. Las cuevas de Sara tienen una antigüedad calculada en dos millones de años. Desde Sara se accede al monte de Larrún. La población limita con Saint-Pée-sur-Nivelle, al noreste; Ascaín, o Azkaine, y Urrugne, o Urruña, al noroeste; y Zugarramurdi (Navarra), al sur. Una ruta medieval atraviesa el pueblo de norte a sur, en dirección a España. El pueblo cuenta con catorce oratorios de culto a santos cristianos.

            En el caserío, le dejé la máquina de fotografiar a Silvia (seis años). Es bueno que, además de los lápices, se familiarice con la Fotografía. Le dije cómo manejar la NIKON e hizo sus primeras fotos.

            La niña del matrimonio propietario del caserío, Inés, que estará por los diez o doce años, nos entiende; aunque muestra timidez ante unos desconocidos de Madrid: ¿por qué estábamos allí o habíamos elegido Sara?. No se atrevía a hablar en castellano: utilizaba el euskera o el francés, obligatorios en los centros educativos. Logramos entendernos, recurriendo a los gestos, al poco francés que manejamos, al inglés. La vida en un casón vasco, idéntico a los caserores que se pueden ver en la zona de Navarra o Euskadi, o en la zona vascofrancesa, es dura: no hay muchos lugares donde "gastar" el ocio.

    Tras acomodarnos, una cena ligera y descanso. El día había estado marcado por el largo viaje y la estancia en San Sebastián/Donostia, una de las ciudades más bellas y acogedoras de Europa.

Pablo Torres.

[Primer capítulo del libro "Caminos, lugares, acentos"].
Páginas 97 a 104. Se editará en diciembre del 2023 o enero del 2024.







Rafael Rodríguez

Rafael Rodríguez  UN DESCONOCIDO INTELECTUAL     Vivió la vida con pasión, participando en carreras de motos, interpretando papeles en Teatr...